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Aries

Salimos de Piscis (creo) y entramos en Aries. Hace poco les explicaba a mis peques sobre la astrología y la Astronomía. Sobre superstición y ciencia, sobre estupidez e inteligencia.
Siempre he ido un poco más allá de los "contenidos mínimos" y de lo que está escrito en los libros de texto. Hay cosas que no están en los libros oficiales sino en las estrellas.
No creo que los niños sean estúpidos, simplemente no les damos retos para sus pequeñas mentes. Les hablamos como a niños pequeños, demasiado pequeños. Buscamos que lo entiendan todo, para lo que simplificamos tanto que la enseñanza se convierte en una papilla masticada y digerida, en "informática para tontos"...
Sé que algunas de mis pequeñas charlas informales con ellos ahora no las llegan a entender del todo. Pero la semilla está echada. Y sé que a tres o cuatro de ellos no se les olvidarán. Ese es mi premio como maestra: el futuro de mis chicos.
Aries es una constelación, no una predicción de un signo del zodiaco en la última página del periódico. Es una división de tres meses, no un predictor de mi buena o mala suerte o una definición de la personalidad de los nacidos en estos meses. (Soy Aries...)
Prestado

Estoy sin internet y ando de prestado por la red. A cambio me da tiempo para ver el paso de las grullas por los cielos azules y de escuchar su voz antes de verlas. ¡Qué ruidosas son!
Los tractores preparan los campos y vamos camino de los verdes esplendorosos que duraran unas pocas semanas. Es lo que tiene el tiempo, que pasa sin pedirnos permiso ni detenerse.
Estuve viendo a Rodain en el Paseo del Prado y las vaquitas pintadas. Madrid, así, en pequeñas dosis, me gusta. Mientras que de los pinos no me canso, del atasco que pillé, salí escaldada. Pero volveré...
Y me voy a comer, que a estas horas no doy más de sí. Gracias a los que de vez en cuando os pasáis por aquí, que de todo se entera una. La proxíma semana seguramente recuperaré el modem y me ponga al día.
El cementerio

Hace mucho tiempo, un viajero paró en un pequeño pueblo de un país centroeuropeo. Paseando por sus calles preguntó a varias personas por algún lugar curioso o hermoso que pudiera visitarse en la zona. Todas le contestaron que no dejara de ir al cementerio. El viajero se quedó un tanto asombrado, pero antes de retomar su camino, se acercó al camposanto, un poco alejado de la población. Cuando entró se sintió decepcionado. Era un cementerio como cualquier otro, lleno de lápidas y flores. Pero caminando por sus estrechos paseos comenzó a fijarse en las lápidas y las fechas que había escritas en ellas. Cuanto más miraba, más se asombraba. En una ponía: 8 años , tres meses y un día. En otra cinco años, diez meses y seis días. Más allá las lápidas mostraban edades pequeñas, algunas incluso anotaban las horas y los minutos de vida del difunto.
Asombrado, fue a buscar al sepulturero, que lo había estado observando desde que entró en el cementerio.
-Perdóne -le preguntó- ¿Cómo es que en este pueblo muere la gente tan joven? Casi todos parecen niños. ¿Acaso entierran a los adultos en otro lugar?
-No -le respondío con una sonrisa el encargado -Los números que usted ha leído no son los años de vida, sino el tiempo de felicidad que ha vivido el difunto.
Ante la cara de estupor del viajero, el sepulturero le explico que en aquel pueblo todo el mundo tenía por costumbre anotar en un cuaderno los momentos felices que había vivido en su vida, contando cuidadosamente minutos, horas, dias... Al final de su vida se contabilizaba todo ese tiempo y se escribía en su lápida. Así, las personas eran recordadas por su capacidad de ser felices.
-Entonces, ¿las lápidas en las que apenas ponen algún día o alguna hora son de gente que ha sido desgraciada toda su vida?
-¡Oh, no! Esas son las de los niños. A ellos, desde que nacen, sus padres les abren el cuaderno y les van apuntando los momentos felices hasta que ellos mismos son capaces de hacerlo. Por eso algunas cifras son tan pequeñas.
Este cuento me lo contaron un día en que yo estaba muy triste. Y la imágen de contabilizar la felicidad en tiempo real me hizo sonreir. Nunca agradeceré suficientemente este cuento a quién me lo contó.
Tormenta
Ayer hubo tormenta. Después de varios meses los rayos alumbraron el cielo que me cobija. Y los truenos retumbaron por el valle. Luego llovío.
En teoría eso no tendría mayor importancia, pero hacía tanto tiempo que no veía ese espectáculo que me maravillé del profundo sonido y de la luz destellante.
Hoy las pocas hierbas que han empezado a salir, lucen verdes y brillantes. Estas lluvias amenazan mi jardín. Tendré que emplearme a fondo para cortarlas dentro de unas semanas. Por contra los frutales, los paraísos, las arizónicas y los rosales disfrutan de un riego natural que les limpia el polvillo arcilloso que se acumula en sus hojas.
Por cierto, ayer cumplí un año más. Y la tormenta me recordó que la vida se renueva día a día. Que el compromiso de vivir aún lo tengo firmado y en funcionamiento y que, en general, el cielo es azul.
La foto me ha gustado y la tomo prestada, con permiso del autor.
La ciudad, Málaga, es la patria de mi cachorro mayor. Mi boqueroncito querido...
El hombre de la luna

Dicen que hay un hombre anciano en la luna. Ayer intenté verle, como tantas otras tardes en que la luna llena acapara toda mi atención.
Al oeste el cielo estaba anaranjado, al este grisáceo. Y la luna llena suspendida como una perla gigante en el cielo.
Todos los meses la misma imagen, Y todos los meses me hipnotiza. La luna, esa inmensa bola blanca, que en mi infancia era un gran queso redondo dando vueltas por la cuesta del cielo.
La luna, esa luz plateada que ilumina el olivar y que hace del rostro amado un retrato en grises...
La sombra de los perros, cuando paseamos a la luz de la luna es tan hermosa...
A veces, conduciendo por carreteras secundarias, he apagado las luces y la luz pálida me ha dejado ver otro mundo, casi mágico.
Nunca he visto al anciano de la luna. Puede que mis ojos aún no sean tan limpios como los de un niño, pero no cejo en el intento de verlo agún día. .
El poeta

Desde la playa abandonada mi bate preferido ha escrito un hermoso poema sobre Lisboa. Más hermos, más críptico.
Lisboa es un sueño para mí, una realidad para él. Le debo una visita más lenta. Pero no se me olvidará Estoril. El amanecer frente a su mar...
Me enamoré del Atlántico en Portonovo y confirmé ese amor en el pequeño paseo marítimo de Estoril.
Fuegos en el cielo

Fue el 4 de enero de 2004. Regresaba a casa de noche cuando una bola de fuego como jamás había visto antes, atravesó el cielo ante mis ojos. Quedé asustada, asombrada, impresionada. Esperé y busqué noticias en la prensa y en la radio los días siguientes, pero no llegó nada.
Guardé el recuerdo y seguí viviendo.
Después he encontrado esta información www.infoastro.com/200401/07bolido.html , pero yo la ví de noche, no de día.
Sea como fuera, para mí fue algo único.
Sueños

Cae el sueño
sobre los párpados cansados
y la madrugada ve partir al viajero.
Tal como llegó se fue,
con la brisa de la noche
y el silencio de las estrellas.
Imágen "El mandala de los sueños" Clauido Gallina, México, 2004
Lisboa

Lisboa, tan hermosa de tu mano,
desconocida aún a la luz del día.
Lisboa se abre al azul ultramar,
con sus viejas cuestas alejándose
del Tajo tan cercano, tan real.
Aquí, a kilómetros del mar, Lisboa,
tan deseada en el azul
del olivo recién podado.
En la noche soñada años atrás,
bajo el olivar, ventanas que se abren
sobre el puente del futuro
Te sueño cabalgando en el viejo tranvía,
hermano de aquel otro,
minúsculo tren de Cuidad Lineal.
Y una mano sobre otra,
imaginarios de lo posible.

