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casiazul

Tormenta

Y como ha venido se ha ido. Una tormenta pequeñita, con sus dos truenos y sus cinco minutos de lluvia. Me encerré en casa y preparé la chimenea, por si la tarde-noche se pone tonta y húmeda. Pero lo único que se ha mojado, ligéramente, ha sido la leña que tengo apilada debajo de la ventana. Mañana el sol los secará.

He descubierto que me resulta más cómodo meter la leña por la puerta delantes que por la de la cocina. No tengo que atravesar el comedor y el pasillo para dejar la leña en los cestos del salón. Mancho menos y, lo más urgente, me hago menos daño en mi pobre hombro izquierdo, que debe andar con tendinitis o algo así, de tanto cargarlo con brazadas de leña. Los troncos gruesos los cojo de uno en uno, pero los más finos los apilo en el brazo izquierdo. Y el pobre ha dicho que ya vale. Así que supero el peso a base de más viajes. Así que este año me han descargado la leña frente a la casa en lugar de la parte trasera. ¡Lo que hace la experiencia y las equivocaciones...!

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Han venido unos cuantos vecinos a pasar la vacaciones del pobre a las parcelas. Se nota, se nota... lo de la crísis, digo. Los chiquillos alborotan y las madres se desgañitan a gritos. Pero en cuanto han caido las cuatro gotas de rigor, el silencio se ha instaurado en todos los lugares. Supongo que es la hora de la tele. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Aquí tienen parcelas muy grandes y aunque no todas tengan su chalet, no faltan las casitas prefabricadas y los chiringuitos provisionales, las casas de madera y las barbacoas de piedra artificial.  A veces la provisionalidad dura años, pero eso es lo de menos. Lo importante es que sueltan a la prole en un lugar seguro y todos contentos.

Como tras la tormenta llega la calma, me voy a leer otro rato, esta vez al calorcito del fuego y la luz de la lámpara. La tarde se alarga en un atardecer gris.

 

 

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