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Regalos de otoño

Regalos de otoño

Las hogueras del otoño tienen algo de melancólico. Esta tarde he quemado los restos del verano. Una pequeña montaña de hierba húmeda, de ramas y restos varios, que se fueron acumulando durante los meses en los que era una temeridad quemar siquiera una hoja de papel.

Y mientras el humo blanco hacía volutas al ritmo del viento suave de la tarde, el cielo me ha regalado una de esas imágenes que llenan el alma de calma y, a la vez, asombro.

Esa belleza sencilla de las cosas más simples me sigue apasionando. La luna mediada, entre las vaporosas nubes que se van tiñiendo de rosa, el resplandor del sol a través de las hojas de los árboles, el cielo...

A veces me preguntan si no me aburro sóla en casa, aquí, en el borde del mapa. Y la verdad es que no, que raramente me aburro. Puedo estar sin hacer nada o haciendo varias cosas a la vez, pero el sentimento de aburrimiento no lo tengo. Tal vez el de la soledad en algunos momentos, pero como es una soledad buscada la supero con facilidad. Y si me apremia mucho la necesidad de ver gente, ahí está el coche para salir a la civilización... Lo curioso es que, muchas veces, no me doy cuenta de que necesito el contacto humano hasta que no estoy con la gente, con mi gente.

Esto del otoño es como el color amarillo, tenue, herrumbroso, lento... Y con unos atardeceres que son verdaderos regalos para los ojos.

 

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