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Cuento

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EL VENDEDOR DE TIEMPO

Hay en mi ciudad un curioso personaje. Es un hombre de mediana edad del que casi nadie sabe nada, Pero tiene un don especial y es su capacidad de escuchar. En las tardes suaves de otoño o en las cálidas y luminosas de primavera suele sentarse en un banco del parque. Siempre elige el mismo, el que está cerca de la fuente, bajo el sauce. La gente, cuando le conoce acuden a él. Pasean disimuladamente, esperando que el banco se quede vacío, a que termine el que está sentado al lado del oidor. Entonces se sienta a su lado. Es una regla no escrita entre la gente que lo conoce, todos deben esperar su turno, sin dejarse ver para no poner nervioso al que está utilizando el banco y su particular personaje. Es una zona reservada para las intimidades. Yo, que me enteré por casualidad de aquella costumbre, comencé a frecuentar el parque, aquella fuente, aquel sauce. No solía estar por las mañanas y era entonces cuando yo me sentaba en el banco, intentando coger el valor necesario para regresar por la tarde y descubrir, por mi misma, la esencia de aquel hombre.

Por fin, un día, tuve el valor suficiente y lo hice. Pasé varias veces delante del banco en el que estaban sentados nuestro oidor y un chico joven, apenas un niño aún. El muchacho reía, gesticulaba, miraba al hombre de vez en cuando, se le veía feliz. Por fin se marchó. Como no había nadie cerca decidí probar suerte. Me senté a su lado y le saludé: "Buenas tardes". El hombre me miró y comprendió que era la primera vez que estaba allí y me contestó "Buenas tardes, por favor, la próxima vez no espere que le conteste". "Quisiera saber que es eso tan maravilloso que hace usted". El hombre no me contestó. Yo, extrañada, le miré intensamente, esperando su respuesta, pero no llegó. Ya me habían dicho que era muy raro, pero no pesé que llegara a tanto. Después de hacerle varias preguntas, casi retóricas, desistí de esperar ninguna respuesta. Le dije, dando por terminada mi estancia en el banco: "Me alegro de haberle conocido. Si alguna vez necesito de usted, vendré a verle." El hombre me miró con una ligera sonrisa en los labios y me dijo: "Seguro que me necesitará y aquí estaré, para ayudarle."

Pasó el tiempo y yo seguí hablando con la gente que le frecuentaba. Solo descubrí que el hombre simplemente escuchaba a los demás. Jamás daba su opinión sobre nada, apenas intercambiaba unas frases de saludo la primera vez. Tampoco contestaba a ninguna pregunta, retórica o no.

Mi vida transcurría tranquila hasta que un acontecimiento la trastocó completamente, dejándome en un estado de estupor y asombro del que no podía salir. Al cabo de unas semanas de encierro voluntario pude salir a la calle y, con las pocas fuerzas que tenía en esos momentos, me acerque al parque y al banco. Era una mañana de otoño, triste y amenazante de lluvia. Tenía la esperanza de encontrarle allí, pero tuve que esperar, sentada en el frío banco hasta la tarde. Ni siquiera tenía ánimos para ir a comer al bar más cercano. Cuando daban las cuatro en una torre cercana, el hombre apareció, paseando tranquilamente, y se sentó junto a mi. Nada más hacerlo le dije "Buenos días. Ya sé que usted no me va a contestar, pero quisiera hablar un rato con alguien." El hombre no se inmutó y yo continué hablando. Hablé tanto que la noche, ya prematura, nos fue envolviendo lentamente. Cuando apenas quedaba luz en el parque y las farolas llevaban un rato encendidas, le pedí disculpas por haberle retenido allí durante tanto tiempo y me marché. Comprendí, entonces su utilidad. Las alegrías y las tristezas, los deseos, las fortunas, los desastres, todas las miserias y grandezas del hombre solo necesitan de un poco de tiempo y un oído amigo para dejar de ser tan importantes, tan dolorosos, tan efímeras. Aquel hombre lo escuchaba todo. No juzgaba, no preguntaba, simplemente absorbía aquello que se le decía, atentamente, con respeto. Durante una larga temporada continué yendo al parque, hasta que, poco a poco, tomé de nuevo el pulso de mi vida. Me fui serenando y las visitas al banco se hicieron más placenteras. Por último yo misma me senté en un banco, una mañana de principos de primavera. La primera persona que se sentó a mi lado me dijo: "Buenos días, ¿puedo hablar con usted?" "Si, le contesté, pero la próxima vez que venga, no espere que le conteste."

Ahora, en mi ciudad hay un hombre en un banco y una mujer en otro, en el mismo parque, cerca de la fuente, bajo un sauce, cuya única finalidad, en los largos días de verano o en los fríos y cortos del invierno es la de escuchar. La gente nos conoce y viene a nosotros solo con su palabra. Los dos las recogemos y las guardamos en nuestra memoria, alejandoles de sus  miedos y temores, fomentando sus alegrías, dando un poco de tiempo a quien no lo tiene. Así sucede en mi ciudad.

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