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Luna de agosto

Luna de agosto

LA PIEL

El atardecer avanzaba lentamente, mientras miraban, distraídos, hacia las ondulaciones del terreno que se alzaban frente a ellos.

La tarde les había sorprendido bajo una enorme encina, en el centro de un campo de trigo recién segado. Habían hecho el amor con dulzura, sin prisa. Solo el titntineo suave y lejano de un rebaño de ovejas que se alejaba, con su pastor detrás, por la vaguada, les alertó momentáneamente y les recordó que no estaban solos sobre la tierra. Después él se inclinó sobre el regazo desnudo de ella y hablaron suavemente, en voz baja, como si no quisieran perturbar la serenidad del paisaje que les rodeaba. Las manos seguían acariciando la piel, con gestos tan suaves, que el roce se convertía en un placer sin estridencias, profundo como un río sin fin.

Cuando las ramas que los cubrían, como un gigantesco paraguas, fueron perdiendo su tonalidad verde, se dieron cuenta del cambio de luz en el cielo. De un azul intenso estaba ahora bañados por un suave gris azulado y la luna, apenas un gajo blanco y luminosos, brillando al oeste, se hizo presente. Sin decir nada, los dos se levantaron y salieron de la protección de las ramas y, ella delante y el detrás, abrazándola, desnudos los dos, miraron hacia el horizonte.

- Quisiera detener el tiempo ahora - dijo ella, sabiendo que antes y después otras bocas dirían lo mismo.

- No pierdas ni un minuto, haz que permanezcamos aquí siempre - le propuso él.

Ella lo intentó, pero las estrellas fueron, poco a poco haciéndose visibles en el obscuro manto de la noche.

De aquel día el recuerdo que les quedó fue el del aire acariciando, sin un solo movimiento, sus cuerpos; la suavidad de la piel del otro y la luna creciente en el horizonte.

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