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Pereza

Pereza

Apuntes de un escritor vacío.

 

Es difícil escribir. O no tienes ideas o no tienes ganas. Si llueve porque la tristeza te invade, si hace sol por que te llama la luz al exterior. Y si al fin te decides, enciendes el ordenado, pero en vez de la página en blanco, abres el solitario y te embruteces la mente en un absurdo ir y venir de cartas. Si decides usar la pluma, el papel en blanco se dilata, se expande por la habitación, y solo pensar en llenarlo de palabras se te hace una tarea titánica, mareante. Y enciendes la televisión y cierras la pluma. Cómodo y aburrido, paseando por concursos y documentales, discurre tu tarde, mientras bulle la historia que querías escribir justo ahora, cuando ya has encontrado el hueco del cuerpo en el sofá. Compones, frenético, poemas que nunca escribirás. La necesidad de hacerlo crece proporcionalmente a la pereza que te impide escribir. Y por fin, cuando te decides a escribir, cuando tomas papel y pluma, pantalla y ordenador, cuando todo está listo para el proceso, ni una idea, ni un verso, ni una puñetera palabra con sentido sale de tu cabeza. Intentas recordar algunas de esas historias que veías, tan nítidas que estaban ya corregidas, dispuestas a plasmarse en las páginas, listas para premio literario, a la publicación inmediata, al éxito rotundo.. La más absoluta nada discurre de tu cerebro a tu mano. Y así sigues, por los siglos de los siglos, atiborrado de historias, pero vacío tu cuaderno de escritor, como el infinito universo que duerme en tu cabeza.                       

 

Me dices, en un arrebato de complejo y culpabilidad: “Te juro por lo que más quiero, que sólo deseo escribir... ¡El sueño de un libro completo! Y no tanto ir y venir por párrafos diminutos y poemas inconclusos. Estoy harto de no concluir nada, de no encontrar los finales adecuados. Destruyo más que escribo, hago esbozos que no llegan a más... Si hasta tengo un cuaderno lleno de principios, de títulos sugestivos y sugerentes. Pero, nada, que no arranco...”

Y continúas con tus lamentos, después de una noche en blanco, tan improductiva literariamente como las anteriores. “”No encuentro argumentos, me fallan los diálogos, me olvido de los adjetivos y las concordancias, de los esquemas ni te cuento... ¡Así no puedo seguir! Esto es un martirio. Mi mente parece el perro del hortelano, ni me apaga la imaginación ni me despierta en deseo de trabajar... Y aquí estoy, rebosando ideas pero plasmando estupideces. ¡a veces me creo un Cervantes y luego se apaga la luz, y aquí me tienes, inútil, hueco... ¡Esto no es vida!”

Le intento consolar, vanamente, desde luego: “Mira, dicen que un escritor es un noventa por ciento de trabajo, un nueve por ciento de lectura y un uno por ciento de inspiración. Las musas no existen y, como ya dijo Picasso, si vienen, que me pillen trabajando. ¿Qué te parece?”

Los ojos de mi amigo el escritor se llenaron de lágrimas. Suspiró, y se hundió más en su sofá. En un susurro me confesó: “A mí me pasa lo contrario: Un noventa de lectura, un nueve de magia y un uno de trabajo. ¡Tienes razón! ¿Qué hago...?

 

La verdad es que no pude aconsejarle. Sólo sé que gracias a sus penurias como escritor a mi me ha dado lo suficiente para escribir esta tarde, que no es poco, dada mi pereza...

                       

 

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1 comentario

Sirius3j -

es un excelente post, creo que igual nos a pasado en algún momento a todos aquellos que amamos escribir.
Paro más allá de la problemática, hay que buscar la solución, la cual está enmarcada en la disciplina y en el deseo de poder culminar los objetivos trazados :)
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