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Paisajes

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Frodo no lo sabe, pero está mirando los mismos olivos que miraba Don Antonio Machado hace ya muchos años. Se asoma a los olivares de Baeza, donde la mirada del poeta se perdía en el verde ceniciento.

Me sirve de cicerone un viejo fumador de marihuana, como se define él mismo. No podría, de todas formas, negarlo. Sus dientes, su aspecto, no dejan lugar a dudas. Ha vivido una vida intensa, pero machacada por la droga. Al final regresó a su tierra, donde, según dice, mejor se está, pese a que nadie le quiere.

Se asombra de que haga fotos a pequeños rincones que no le dicen nada, pero que a mi me parecen hermosos en su sencillez.

Una esquina, los cuatro farolillos de una plazoleta con su fuente y su escudo... Me fijo por igual en los grandes caserones renacentistas y en las pequeñas y blancas esquinas de casas humildes. A él le parece que hay cosas más grandes, importantes, dice. Pero yo le comento que me gusta esa ventanuca, aquel banco de madera, el reboque de la cal tapando los desconchones... Tenemos distintas visiones de lo mismo. Me habla de la política y los políticos que están destrozándo su pueblo. En todos lados cuecen habas, amigo.

Despues de llevarme al parque y señalarme donde puedo comer bien y barato, se marcha en busca de su amigo, con el que quiere bajar a Granada a un concierto. Y se aleja por los soportales, con su vida a rastras y una sonrisa de almena de castillo, feliz de haberme acompañado y de que Frodo le haya hecho dos carantoñas.

"Buenas gentes, que caminan..." Ya lo dijo el poeta...

Frodo en el mirador Antonio Machado, en Baeza.

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