Romero

Paseando esta tarde con los chuchos he visto una planta de romero con dos o tres flores recién abiertas. Para que luego digan que no hay cambio en las temperaturas. Estamos a mitad de noviembre y florece de nuevo el romero...
Yo, que andaba melancólica, he alzado los ojos del suelo y me he quedado contemplando la ladera opuesta. Los robles están amarillentos y junto a las oscuras encinas y los pinos me daban una imagen otoñal de esas de postal...
Y he dejado de rumiar mis amarguras (hoy andaba así, amargada) para llenarme de colores y olores.
Lo malo es que los olores eran los del abono de caballo que habían esparcido por el campo.
Y así, con una hermosa imagen y un pésimo olor ha terminado el paseo. Entre la belleza y el hedor.
La vida es lo que tiene, dos caras en la misma moneda. A veces ves las dos a la vez, cuando la moneda cae de canto...
Ahora me toca bañar a Urko, que se ha restregado, muy feliz él, en esa esencia que tanto le atrae. Como buen cazador lo hace para disimular su olor. Pero a mí me obliga a bañarle si no quiero que impregne la casa de tan "delicado" aroma.
Y con esas y otras, descubro que la tristeza ha dejado paso a una irónica sonrisa. Menos amargura y más champú...
Juego

Veo jugar a los niños en el parque. Vamos allí porque no tenemos patio de recreo. Somos pobres, muy pobres.
El suelo está lleno de arena y hojas secas. Y hacen montones de arena y se lanzan a ellos en una imitación liliputiense de Pressing.
Otros juegan a la construcción y demolición de castillos de arena.
Somos pobres, no tenemos aulas propias. Compartimos el colegio con el ayuntamiento. Mejor dicho, el ayuntamiento nos presta dos habitaciones para dar clase.
Somos pobres...
Pero tenemos muchas cosas buenas, algunas de ellas no las hay en la mayoría de los centros:
Calefacción que nos mantie calentitos, buena luz, todo un parque para nosotros, con sus columpios, toboganes y toda la arena del desierto...
Tenemos la mirada atenta de los ancianos del pueblo, la visita de alguna abuela y un montón de parados (pequeñito, pero montón) que nos miran con sonrisas cómplices.
El pueblo apenas llega a los 150 habitantes. Los niños no llegan a 18. La calma es el hábito. ¿Qué más queremos?
Aquí no sobran los ordenadores, ni falta que hacen. Usamos el mío, eso sí, con mucho cuidado, que es el único que funciona...
Aquí no tenemos grandes pasillos, pero tenemos un balcón que nos muestra la picota del pueblo y los tejados de las casas en contrapunto con la montaña.
Aquí vivimos en otro mundo.
Somos pobres, muy pobres, pero me da la sensación que estos niños no olvidaran facilmente su infancia...
Sinceramente, somos bastante ricos. En esa riqueza que no se mide en dólares sino en sonrisas...
La plaza mayor durante la nevada de enero pasado. Toda una belleza...
Mínimo

DESEO
Un pensamiento, como un chispazo de luz, salió de su mente:
- Hace mucho tiempo que no siento nada. Tal vez esté muerto.
El pensamiento atravesó su cuerpo, la madera, la tierra compactada y la piedra pulida y fría. Fue a caer sobre un narciso, que en esos momentos se contemplaba en un charco de lluvia. Se mezcló con el sentimiento orgásmico de la plata y regresó por el mismo camino. Y una vez dentro del cuerpo al que pertenecía sufrió un espasmo placentero y, por fin, se relajó totalmente.
Vejez

Leo "Tierra de sueños" de Jiro Taniguchi. Y se me encoge el corazón.
Fuí el sábado al veterinario con Menta y allí estaba su versión anciana. Su cara, llena de canas, su mirada, resignada y cansada. Doce años de una feliz vida de perro. Un final próximo, una tristeza infinita.
En una de las historias de Taniguchi se relata el final del perro del autor. Todo un proceso de amor y decadencia. Hay tanta ternura y tanto dolor contenido que me quedo prendada y angustiada a un tiempo.
Mis perras, mis perros, mis compañeros, también pasaran por ello. Y yo, cómo no.
Enfrentarnos a la muerte con dignidad. Esa es la cuestión.
Dejarles apagarse lentamente o forzar el final. En ese dilema me encontraré tarde o temprano. Tanto para ellos como para mí.
Es evidente que no quiero vivir cien años. Ni noventa, ni tan siquiera ochenta...
La vida es demasiado hermosa como para que termine en el más absurdo de los limbos. Ni aquí ni allá. En tierra de nadie hasta que se agoten las pilas. No, no me gusta el panorama.
La tierra de los sueños es una buena tierra, si sabes cuando despertar.
No es ninguno de los míos, pero así serán.
Pereza

Apuntes de un escritor vacío.
Es difícil escribir. O no tienes ideas o no tienes ganas. Si llueve porque la tristeza te invade, si hace sol por que te llama la luz al exterior. Y si al fin te decides, enciendes el ordenado, pero en vez de la página en blanco, abres el solitario y te embruteces la mente en un absurdo ir y venir de cartas. Si decides usar la pluma, el papel en blanco se dilata, se expande por la habitación, y solo pensar en llenarlo de palabras se te hace una tarea titánica, mareante. Y enciendes la televisión y cierras la pluma. Cómodo y aburrido, paseando por concursos y documentales, discurre tu tarde, mientras bulle la historia que querías escribir justo ahora, cuando ya has encontrado el hueco del cuerpo en el sofá. Compones, frenético, poemas que nunca escribirás. La necesidad de hacerlo crece proporcionalmente a la pereza que te impide escribir. Y por fin, cuando te decides a escribir, cuando tomas papel y pluma, pantalla y ordenador, cuando todo está listo para el proceso, ni una idea, ni un verso, ni una puñetera palabra con sentido sale de tu cabeza. Intentas recordar algunas de esas historias que veías, tan nítidas que estaban ya corregidas, dispuestas a plasmarse en las páginas, listas para premio literario, a la publicación inmediata, al éxito rotundo.. La más absoluta nada discurre de tu cerebro a tu mano. Y así sigues, por los siglos de los siglos, atiborrado de historias, pero vacío tu cuaderno de escritor, como el infinito universo que duerme en tu cabeza.
Me dices, en un arrebato de complejo y culpabilidad: “Te juro por lo que más quiero, que sólo deseo escribir... ¡El sueño de un libro completo! Y no tanto ir y venir por párrafos diminutos y poemas inconclusos. Estoy harto de no concluir nada, de no encontrar los finales adecuados. Destruyo más que escribo, hago esbozos que no llegan a más... Si hasta tengo un cuaderno lleno de principios, de títulos sugestivos y sugerentes. Pero, nada, que no arranco...”
Y continúas con tus lamentos, después de una noche en blanco, tan improductiva literariamente como las anteriores. “”No encuentro argumentos, me fallan los diálogos, me olvido de los adjetivos y las concordancias, de los esquemas ni te cuento... ¡Así no puedo seguir! Esto es un martirio. Mi mente parece el perro del hortelano, ni me apaga la imaginación ni me despierta en deseo de trabajar... Y aquí estoy, rebosando ideas pero plasmando estupideces. ¡a veces me creo un Cervantes y luego se apaga la luz, y aquí me tienes, inútil, hueco... ¡Esto no es vida!”
Le intento consolar, vanamente, desde luego: “Mira, dicen que un escritor es un noventa por ciento de trabajo, un nueve por ciento de lectura y un uno por ciento de inspiración. Las musas no existen y, como ya dijo Picasso, si vienen, que me pillen trabajando. ¿Qué te parece?”
Los ojos de mi amigo el escritor se llenaron de lágrimas. Suspiró, y se hundió más en su sofá. En un susurro me confesó: “A mí me pasa lo contrario: Un noventa de lectura, un nueve de magia y un uno de trabajo. ¡Tienes razón! ¿Qué hago...?
La verdad es que no pude aconsejarle. Sólo sé que gracias a sus penurias como escritor a mi me ha dado lo suficiente para escribir esta tarde, que no es poco, dada mi pereza...
Eterno

Dicen que el amor es eterno, mientras dura.
Yo he amado, lo confieso, con locura. Es la aventura más fascinate que un ser humano puede vivir. Tiene su punto de peligro y su momento álgido, luego una caída vertiginosa.
Es un viaje a nuestro interior que puede remover montañas y lanzarnos al vacio de la vida sin pensar en las consecuencias.
Andan por el Habitat hablando de aventuras más o menos peligrosas. Creo que enamorarse, así, a lo bestia, es la más peligrosa de todas ellas.
Aquí, ahora, mirándome, parece imposible que yo, tranquila, con una vida casi fuera del circuito, pueda deciros esto. Pero confieso que así es.
Lo malo de amar así es que la caída puede ser terrible. Porque el amor, eterno y todo, se acaba en algún momento. Y ya se sabe, cuanto más alto subes, más bajo caes. Pero ese ascenso y el tiempo que te has mantendio en la cumbre es algo que ya nadie me podrá arrebatar.
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Me pregunto, frecuentemente, cual es el mecanismo que desencadena el enamoramiento. Hay tantas teorías, tantas versiones, tanta química por medio, que a veces me respondo ¿qué carajo importa lo que lo desate? Lo importante es lo que sientes, el haberlo vivido en primera persona. Aún así, jamás llegaré a entender que nos mueve a ese baile de locos para dos, que pierden el sentido de la realidad cuando están juntos.
El amor se suele confundir con el deseo, con el cariño, con el afecto. Pero ninguna de esas cosas es, por separado el amor. Y tampoco lo es la suma de todas ellas. Sigo sin saber, pese a mis lecturas, y lo que es peor, pese a haberlo vivido, qué demonios es el amor.
Amanecer en el paraíso
Línea dura

Me he puesto firme. Desde el principio. Aunque no me sirva para nada...
Esto de la educación y al enseñanza cada día está peor, lo sabemos todos. Y yo, en mi rincón del mapa poco puedo hacer. Pero ese poco lo quiero hacer bien.
Hoy avisaba a una madre de que su hija iba a repetir curso. Así, radical. O se espabila desde ya o el año que viene repite.
Sin la colaboración de los padres poco puedo hacer yo. Mucho "habito" y mucha pamplina, pero si en casa no hacen lo que tienen que hacer, en la escuela poco se puede cambiar.
Ando, pues, despendolada intentanto convencer de lo obvio, de lo elemental. Que estudiar es esfuerzo, que a los niños no se les puede dar todo a cambio de nada. Que es un trabajo del día a día... Que su futuro depende de este presente.
En fin, ya sé que la cosa durará dos días, hasta que vuelvan a las andadas, pero al menos yo me quedo tranquila: ¡avisados están!
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Esto de querer hacer bien tu trabajo, ¡qué trabajo da! Y todo para nada. La experiencia me dice que, hoy en día, intentar lo que yo intento, es predicar en el desierto. Pero ¡qué le voy a hacer! Soy de la "vieja escuela", según parece. De esa escuela que parodian en una televisión. ¿O deberíamos volver a ella? No he visto el programa entero, ni pienso, pero la verdad es que algo habrá que hacer con este sistema que lleva demasiado años haciendo aguas. Y desde luego no deberían seguir bajando los niveles de contenidos para que todos lleguen. A este paso los bachilleres serán analfabetos funcionales en pocos años. Mientras sepan manejar un ordenador, todo lo demás sobrará.
Menos mal que para entonces ya no estaré disponible...
Así que ajo y agua...
La imágen se mueve...lenta, pero se mueve...

