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Ritos de paso

Ritos de paso

Levanto la mirada al cielo ya casi gris del atardecer. Una llamada conocida atrae mi atención. Son mis queridas grullas que sobrevuelan nuestras cabezas. Dos puntas de flecha perfectas se recortan en lo alto. Me paro hipnotizada, como todos los años y sigo su vuelo. Planean y vuelan a un tiempo, descansando durante uno o dos segundos, impulsándose luego con dos o tres podrosos aleteos. Y no puedo evitar sentir envidia de su instinto, que las lleva lejos, muy lejos de aquí.

El calor del día me hace dudar de las fechas en las que estamos. Pero ellas, sabias como el tiempo, saben que hay que irse, que el invierno llegará pronto, aunque lo contradiga el sol radiante que ahora mismo entra por la ventana.

Esta mañana me parece casi irreal la visión de ayer. Como me lo parecen los paraísos perdiendo sus hojas bajo el calor excesivo de estos días en que aún puedo pasear en manga corta, yo, la más friolera del barrio.

Y la lluvia que no aparece y la hierba agostada que espera ser quemada cuando el agua haga su presencia gris y triste.

Por un lado deseo que llueva, el suelo lo necesita, las plantas lo necesitan. Por el otro adoro estos días prestados de verano. ¡Incongruencias!

Las grullas lo saben. Deben marchar ya o les pillará de sopetón el frío y será demasiado tarde para ellas.

Siempre he pensado que a los hombres nos falta una cierta inteligencia que los animales tienen: la instintiva. Tal vez si le hicieramos más caso nos fuera mejor.

¡Qué palabra más hermosa: instinto!

 

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