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Una historia de Navidad

Una historia de Navidad

Hoy es un buen día para contaros la segunda historia del día del cavernicola.

A primera hora de la mañana, el autobús baja a los chicos al pueblo. Aquel día un cachorro mestizo (me niego a llamarles cruces, me suena más a carretera) de unos tres meses, de raza grande (sus patazas decían que iba a ser grandote) nos vino a saludar con sus saltos de alegría, sus ojos brillantes y su rabo batiendo el aire. Me asustó que pudiese tirar a algún peque y lo aparté. Pregunté por el perro, por su dueño, y una de las niñas me comentó que el día anterior había querido subirse a su furgoneta para irse con ellos, lo que me indicó que el perro sabía lo que era un coche y no tenía miedo de las personas.

Cuando bajamos al recreo, allí estaba, esperándonos. Daba vueltas por la plaza, contento. Tengo un alumno que es todo corazón (como yo, pero más limpio) y la gente del pueblo nos comentó que llevaba dos días por el pueblo. Que había aparecido de pronto.

Deduje que le habían abandonado, no hace falta ser muy listo para ello. El perro estaba bien alimentado, un poco sucio por que debía haber dormido en un gallinero (tenía suciedad de gallina y plumas pegadas en su lomo)

Le bajamos un cacharro con agua, que bebió con ganas, pero enseguida se puso a jugar con la botella. Una de las niñas fue a su casa a por comida de perro y le dimos, pero no tenía demasiada hambre (otro síntoma de que el abandono había sido reciente)

Mi alumno, León Corazón de Flan, estaba preocupadísimo por el destino del perro y empezamos a pensar que hacer con él. Alguien tenía que recogerlo ¡ya!, no queríamos que se quedara un día más por la calle.  Ese día bajaba la gente al médico y había varias personas de las urbanizaciones donde viven mis alumnos. A todos les preguntamos si querían llevárselo unos días hasta que yo pudiése llevarlo a una protectora. Todo eran excusas: ya tengo dos, yo tengo gatos, me dan miedo... Hasta que se lo pedimos a la persona adecuada. La que tenía una amiga que podría convencer para que lo acogiera.

Y despues de guardarlo en mi coche , para que no se perdiera de nuevo hasta la hora de salir del cole y que la señora lo recogiera,  nos fuimos tranquilos a clase.

El padre de mi Leon Corazón de Melón, bajó a drede para ver al perrillo (de tal palo, tal astilla, que se dice). En ultima instancia se lo llevaría él, que ya tiene siete perros...  Pero decidimos esperar al alma generosa. A las dos hicimos el traslado, de mi choche, sucio y lleno de pelos de perro y barro (ya ni lo limpio, ¿para qué?) a un monovolumen nuevecito, impecable. Le dejé dos trapos grandes con los que disimulo un poco el desastre interior, y se lo llevó.  Dos días después nos enteramemos de que había conseguido llevarlo a un refugio (no al municipal, que allí los sacrifican a los quince días) y por fin pude respirar tranquila.

Por cierto, tanmbién le limpiamos y curamos una herida en una de sus uñas, que sangraba. El perrillo se dejaba hacer, era un buen cachorro.

Os preguntaréis por qué no me quedé yo con él. Os lo contaré en otra historia perruna...

Ya veís, hay personas a las que todavía les funciona el corazón.

Espero conocer a unas cuantas el año que viene, para sentirme orgullosa, al menos, de una minoria minoritaria.

 

   

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