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casiazul

Gris perla

Gris perla

Sigue el cielo amenazando nieve, pero ni por esas. Nada de blanco siberiano, sólo un viento frío y cortante como el hielo, se adentra en el abrigo y la bufanda y los guantes y los jerseís, y los pantalones y las botas y la ropa interior y en los huesos...

Me hizo pensar, el paseo que dimos ayer, bajo el sol y rodeadas de viento por los cuatro costados, en las penurias de los millones de soldados que intentaron, en su momento, avanzar hacia Moscú. ¿Cuantos murieron a manos del Padre Invierno? Millones también, estoy segura. Supongo que en eso se basaba la defensa de Moscú, allá en los tiempos en que los ejercitos se movían a golpe de pie de hombre y herradura de caballería.

Y también pensé en las bellezas que había visto en el museo del Prado, recién traidas del Hermitage. De esas riquezas por las que se movian esos ejercitos en la antigüedad. Esos tesoros que cargaban de codicia el corazón de los hombres. Oro, piedras preciosas, perlas, grises como el cielo que miro ahora mismo por la ventana. Esa ambición, parte de prestigio y parte de burdo deseo de posesión de oro, oro, oro...

Todos esos hombres sedientos de poder y riqueza no han muerto. Están aquí, reencarnados de nuevo. Como están reencarnados los miserables que murieron por darles a ellos el poder y la gloria. Los trabajadores de minas y los transportadores de desgracias ajenas.

Me extasío ante tanta belleza, ante tanto poder, ante tanta riqueza. Y, claro, es inevitable en mí, me hago la eterna pregunta: ¿Cuanta miseria se podría resolver con la venta de una sola de estas magníficas piezas de orfebrería y orgullo mundano?

Me da igual que pertenezca a un museo que a un capitoste rico o a las santas madres iglesias. ¡Si se pudieran vender a otro rico para emplear ese dinero negro y sucio en algo límpido y hermoso...!

¡Tanta belleza, tan inútil! Si hasta la cabeza coronada de un caballo es tan rica que con el adorno de su frente daríamos de comer años y años a unos cuantos de nuestros pobres...  ¿Vale más ese caballo que esos hombres?

En fin, sé que es una disquisición tan fútil como el sexo para los ángeles. Pero es que este día tan gris se me hace más triste si pienso en esos seres que mueren de frío ahí fuera (animales y hombres, bestias al fin y al cabo) y yo, aquí, junto a mi chimenea no puedo dejar de pensar en la belleza más extrema y el frío más intenso. Tendré que hacerme mirar esto mío, que no me deja disfrutar ni del calor ni del arte... ¡Mal me veo, Mateo! 

Nevada de hace 7 años en Pastrana. ¡No está mal!

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3 comentarios

Koldo -

"...la espeanza..." de nuevo.
¿Qué tendrá la esperanza?

Carmen -

Hola, acá en Argentina venimos pasando de esas cosas hace rato, ¿llegará el día en que todos podamos tener una buena vida?.
Qué la esperanza de algo mejor nunca se pierda...saludos.

pau -

Cambiaríamos el propietario del pedrusco, y tiempo después volveríamos a hablar de lo mismo. El eterno cantar de los desposeídos.
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