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Romero

Romero

Esta tarde he ido por la ladera del monte, paseando con Urko, Menta y Farah. Su instinto les hace buscar los mejores caminos en un terreno que no los tiene. Alguna trocha marcada, pero que se pierde en pequeños regueros de agua o en bifurcaciones hechas por los desniveles del terreno.

Es monte bajo, con encinas, romero, tomillos y poco más. Algún que otro pino, que aumentan la densidad conforme subimos al monte. El suelo está lleno de hojarasca, de agujas de pino y de yeso, caliza y arcilla.

Hay mucha vegetación seca, que como todos los veranos, es causa de un cierto miedo a los incendios. Pero no se hace nada. Debe ser terreno comunal, pero como no es economicamente productivo, nadie se molesta en limpiarlo. Luego vendrán los ayes y las lamentaciones si pasa algo.

El agua hace su trabajo en las barranqueras y desintegra piedras enormes en un polvillo blanco y gris.  Es un suelo pobre, erosionado en formas caprichosas, pero a pequeña escala.

Desde la primavera pasada no habíamos vuelto a esos lugares, tan humildes como hermosos. Cuando regreso a casa y quito los collares a los perros, su pelaje huele a romero. Se traen ese olor tan suave del campo. Y yo me traigo las imágenes de las encinas a contraluz.

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