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Menta

Dentro de poco vendrá Menta. No puedo enseñarosla aún, pero es preciosa. Es una vieja deuda que me debían.
Desde que tengo recuerdos, los perros han sido mi obsesión. He tenido varios a lo largo de los años, no sin serias dificultades. Unos murieron, otros tuve que dejarlos y ahora puedo tener los que quiera. Puedo pasar por rara, por la "loca de los perros" para algunos. Pero soy muy consciente de que un perro se debe tener como un hijo, con todas las consecuencias. Gastos de comida, de veterinario, tiempo para cuidarle y un largo etcetera. A mí me compensa. Es como el coleccionista de discos, de películas o de cajas de cerillas. Busca, compra, pierde tiempo, selecciona, disfruta con cada adquisición, lo expone ante los amigos...
Tal y como está el mundo, convivir con mis perros me da una tranquilidad que no encuentro en la ciudad, en los periódicos, en la televisión. En sus ojos está la paz. Pueden pelearse por mi cariño, pueden ser destrozonoes y brutotes o tranquilos y zalameros. Pero me enseñan a vivir el día a día. Nada esperan, de nada se arrepiienten, viven según su instinto y sus afectos. Por eso los quiero.

Poema de otoño

Poema de otoño

HUMO

 

Humo, humo, alto, ancho, vacío,

volutas de nada llena de vida transmutada.

 

El aire es su esencia, su ser,

la materia su llama, el olvido su futuro.

 

El jardín japonés

El jardín japonés

       Él la contemplaba tumbada en el sofá. Al cabo de una eternidad la llamó suavemente, pero ella no respondió. Tenía los ojos semicerrados y decidió ir a buscarla. Se lanzó al interior de sus ojos, como quien se lanza al mar en un día tranquilo. La buscó entre las arenas de solitarias playas, atravesó océanos, subió altas montañas y recorrió desfiladeros serpenteantes. Siguió sus pasos por ciudades vacías y oscuras y por pueblecitos bulliciosos y coloridos. Por fin la descubrió, acurrucada bajo un cerezo en flor, cubierta de pétalos rosas, en un luminoso valle japonés. La contempló largamente y regresó por el mismo camino, sin hacer ningún ruido. La tapó con una manta de color azul cielo y pasó largas horas velando su sueño, hasta que ella regresó. En su pelo tenía pétalos rosados, en sus ojos se veía el brillo del sol poniente y en su boca, el sabor del aire puro.        Todas las tardes la contemplaba tumbada en el sofá y sentía un inmenso amor. Él no sabía desprenderse de la realidad. Por eso la amaba tanto, por eso la necesitaba tanto. Por eso quería entrar en sus ojos cuando dormía y marchar en su busca a lugares imposibles.

Descanso

Descanso

Despues de dos años he vuelto a las Tablas de Daimiel. Seguían prácticamente secas. Mantienen unas zonas innundadas para los pocos animales que se dejan ver al atrardecer.

Llegué a media tarde, cuando el sol comienza su descenso. Los turistas regresaban de sus rutas y yo la comenzaba. ¡Siempre a contracorriente! Paseé lentamente sobre las viejas maderas y miré las aguas estancadas, los lodazales y los infinitos carrizales. Cuando ya se ponía el sol los pájaros, los patos y las personas comenzamos a recogernos. Una algarabía de voces, de cantos, un ruido de hojas secas aplastadas bajo las patas delicadas de los que hacían su cama para pasar la noche entre los carrizos y los juncos. Sobre el cielo rojizo unos grupos de garzas negras regresaban, con sus flechas de vuelo, sombras negras estilizadas y coreográficas en el cielo. Fue una sensación de paz, de felicidad. Las aves planeaban sobre mi cabeza, muy por encima, haciendo circulos amplios, hasta que se alejaban  para descender a sus zonas de descanso.

Conseguí la paz interna que necesitaba, como las Tablas necesitan lluvias intensas para recuperase... Ojala llueva mucho este otoño, para que la primavera vuelva a traernos un manto de agua y vida.

 

Amanecer

Amanecer

Esta mañana, durante unos minutos, el cielo estaba rojo. Pareciera que se había indenciado con la fuerza de un sol mortecino.
Y estaba acorde con mi ánimo. Hay días en que parece que es imposible seguir adelante. Una montaña de problemas estúpidos se levanta en tu cabeza. Y hay que hacer un ejercicio de relajación. Y despejando las incognitas, seleccionado el grado, haciendo un listado de prioridades.
Luego se tira de teléfono, de consultas, de consejos y parece que se aclara un poco el panorama. No se ha arreglado nada, pero has encarrilado los temas. Y decides dejarlo todo listo para la semana siguiente. Ahora sólo voy a pensar en el viaje que he programado con tanta ilusión. Y tener dos días en los que una nube de olvido y un sol radiente, como una droga fuerte, me hagan vivir el presente, sin más. Luego, al regreso, armarme de paciencia y retomar las pólizas, el vuelva usted mañana, el en tres días lo tendrá.... Cuando regrese miraré las fotos que quiero hacer y os regalaré una. Sobre mi escritorio se quedan los anexos que debo rellenar, los impresos que debo sellar, el absurdo que no queda más remedio que realizar. Pero hasta el lunes, desde ahora mismo, voy a separarme en dos y dejar una aquí. Me llevo a la otra de paseo. ¡Que tengaís un buen fin de semana!

Frodo

Frodo

Comienza a helar por las mañanas, heladas que inutilizan las tomas de agua de mi jardín. Los perros ya no duermen fuera, sino dentro del garaje.

Y hoy quiero presetaros a Frodo. Es mi perro mimado. Fue el primer perro de la segunda época de mi vida. Es grande, bellísimo, un pedazo de pan. Cuando paseo con él por la ciudad, la gente tiene reacciones varias: le miran con admiración, susurran "que grande, que bonito..." Los niños suelen exclamar "¡mamá, un Rex!". (Rex es un pastro aleman de una serie de policias austriaca. ) Pero también veo miedo y recelo, personas que se apartan o que directamente se asustan de él. Su tamaño impone y la fama, buena normalmente, de estos perros, hace el resto en las personas que, por lo general, han tendio una mala experiencia con algún perro en algún momento de su vida. Otro día hablaré de eso, de miedos infantiles que no se corrigen a tiempo y permanecen de adultos de la forma más irracional.

Cuento

Cuento

 

EL VENDEDOR DE TIEMPO

Hay en mi ciudad un curioso personaje. Es un hombre de mediana edad del que casi nadie sabe nada, Pero tiene un don especial y es su capacidad de escuchar. En las tardes suaves de otoño o en las cálidas y luminosas de primavera suele sentarse en un banco del parque. Siempre elige el mismo, el que está cerca de la fuente, bajo el sauce. La gente, cuando le conoce acuden a él. Pasean disimuladamente, esperando que el banco se quede vacío, a que termine el que está sentado al lado del oidor. Entonces se sienta a su lado. Es una regla no escrita entre la gente que lo conoce, todos deben esperar su turno, sin dejarse ver para no poner nervioso al que está utilizando el banco y su particular personaje. Es una zona reservada para las intimidades. Yo, que me enteré por casualidad de aquella costumbre, comencé a frecuentar el parque, aquella fuente, aquel sauce. No solía estar por las mañanas y era entonces cuando yo me sentaba en el banco, intentando coger el valor necesario para regresar por la tarde y descubrir, por mi misma, la esencia de aquel hombre.

Por fin, un día, tuve el valor suficiente y lo hice. Pasé varias veces delante del banco en el que estaban sentados nuestro oidor y un chico joven, apenas un niño aún. El muchacho reía, gesticulaba, miraba al hombre de vez en cuando, se le veía feliz. Por fin se marchó. Como no había nadie cerca decidí probar suerte. Me senté a su lado y le saludé: "Buenas tardes". El hombre me miró y comprendió que era la primera vez que estaba allí y me contestó "Buenas tardes, por favor, la próxima vez no espere que le conteste". "Quisiera saber que es eso tan maravilloso que hace usted". El hombre no me contestó. Yo, extrañada, le miré intensamente, esperando su respuesta, pero no llegó. Ya me habían dicho que era muy raro, pero no pesé que llegara a tanto. Después de hacerle varias preguntas, casi retóricas, desistí de esperar ninguna respuesta. Le dije, dando por terminada mi estancia en el banco: "Me alegro de haberle conocido. Si alguna vez necesito de usted, vendré a verle." El hombre me miró con una ligera sonrisa en los labios y me dijo: "Seguro que me necesitará y aquí estaré, para ayudarle."

Pasó el tiempo y yo seguí hablando con la gente que le frecuentaba. Solo descubrí que el hombre simplemente escuchaba a los demás. Jamás daba su opinión sobre nada, apenas intercambiaba unas frases de saludo la primera vez. Tampoco contestaba a ninguna pregunta, retórica o no.

Mi vida transcurría tranquila hasta que un acontecimiento la trastocó completamente, dejándome en un estado de estupor y asombro del que no podía salir. Al cabo de unas semanas de encierro voluntario pude salir a la calle y, con las pocas fuerzas que tenía en esos momentos, me acerque al parque y al banco. Era una mañana de otoño, triste y amenazante de lluvia. Tenía la esperanza de encontrarle allí, pero tuve que esperar, sentada en el frío banco hasta la tarde. Ni siquiera tenía ánimos para ir a comer al bar más cercano. Cuando daban las cuatro en una torre cercana, el hombre apareció, paseando tranquilamente, y se sentó junto a mi. Nada más hacerlo le dije "Buenos días. Ya sé que usted no me va a contestar, pero quisiera hablar un rato con alguien." El hombre no se inmutó y yo continué hablando. Hablé tanto que la noche, ya prematura, nos fue envolviendo lentamente. Cuando apenas quedaba luz en el parque y las farolas llevaban un rato encendidas, le pedí disculpas por haberle retenido allí durante tanto tiempo y me marché. Comprendí, entonces su utilidad. Las alegrías y las tristezas, los deseos, las fortunas, los desastres, todas las miserias y grandezas del hombre solo necesitan de un poco de tiempo y un oído amigo para dejar de ser tan importantes, tan dolorosos, tan efímeras. Aquel hombre lo escuchaba todo. No juzgaba, no preguntaba, simplemente absorbía aquello que se le decía, atentamente, con respeto. Durante una larga temporada continué yendo al parque, hasta que, poco a poco, tomé de nuevo el pulso de mi vida. Me fui serenando y las visitas al banco se hicieron más placenteras. Por último yo misma me senté en un banco, una mañana de principos de primavera. La primera persona que se sentó a mi lado me dijo: "Buenos días, ¿puedo hablar con usted?" "Si, le contesté, pero la próxima vez que venga, no espere que le conteste."

Ahora, en mi ciudad hay un hombre en un banco y una mujer en otro, en el mismo parque, cerca de la fuente, bajo un sauce, cuya única finalidad, en los largos días de verano o en los fríos y cortos del invierno es la de escuchar. La gente nos conoce y viene a nosotros solo con su palabra. Los dos las recogemos y las guardamos en nuestra memoria, alejandoles de sus  miedos y temores, fomentando sus alegrías, dando un poco de tiempo a quien no lo tiene. Así sucede en mi ciudad.

Ventanas

Ventanas

He ido a donde Mon deja sus palabras cargadas de belleza y sentimientos. Dónde están las palabras que debo buscar en el diccionario argentino-español. Y me ha llevado a buscar una ventana. Una muy especial, que da al mar.
Hay habitaciones con ventanas al mar, aunque yo no las vea. Ventanas que se abren a la vida y el azul. Las mías se abren al verde y el marrón, a las encinas y el cielo azul, consuelo enorme para la añoranza del mar.
Cuando miras a través de las ventanas puedes ver la vida moverse.
Cuando ves las ventanas desde fuera puedes ver la vida interior.
Yo ando buscando la forma de vivir en el vano de una ventana. Pero no encuentro la forma de armonizar el interior con el exterior. A veces salto fuera, con ansias de comerme el mundo a bocaditos pequeños y sabrosos. Otras, salto dentro para atragantarme con ciertas amargas frutas que están colocadas en un frutero blanco.
Las ventanas son puertas que no terminaron de crecer. Tal vez por eso sea tan difícil pasar a través de ellas.


La foto es de Rafael Mérida, tomada de http://guia.ojodigital.com

Amarillos

Amarillos

Es una obviedad. Estamos en otoño. Las hojas del paraíso y del almendro caen. Tiñen de añarillo sucio el suelo. Es una alfombra para que el invierno repose sus frios pies. Quedan en verde los pinos, las encinas y las arizónicas.

Se han perdido los amaneceres suaves y el aire sale ya caliente de la primera bocanada que doy al salir a la calle.

Pero los días siguen gloriosamente claros, con un sol que cambia de tono y se va a dormir cada vez más pronto.

He nombrado a la casa, por fin. Ahora ya vivo en una isla. La isla de la espera, de la partida y del regreso, la isla de Penélope, el origen del viaje, el punto de llegada. Itaca es uno de los lugares donde la vida pasa, se detiene, espera, concluye.

Llega el otoño, con la melancolía del que pierde para poder ganar.

Escucho: el azul y el amarillo hacen el verde. Ahora es el amarillo cayendo quien prepara el verde. Pero hay que esperar. Y mientras esperamos debemos seguir viviendo. O perderemos la mitad de la vida esperando. Y eso es un desperdicio que la naturaleza no perdona.

 

Amores en azul

Amores en azul

El amor es un animal extraño.

No lo puedes buscar, se va cuando quiere.

Llega cuando no lo esperas.

No lo puedes domar, no se deja controlar.

Estamos a su merced.

Y cuando entra no le puedes echar.

Recibirle, abrirle tu cuerpo y tu alma.

El amor es un niño caprichoso

que para mí va vestido de azul.

El azul cambiante del mar.

El azul rotatorio del cielo.

El azul de los ojos.

El azul frío del hielo.

El añil del atardecer,

donde se mezclan el rojo de la sangre

y el azul de la desesperación.

Así es el amor.

Andan pesadas

Andan pesadas

Andan las moscas pesadas revolotenado por la casa.

Hoy me han traido la leña para el invierno.

Escucho en la tele que Buda siempre sonríe

y que ya se admite la eñe.

Pequeñas cosas que entren y salen

en el día a día, que nada importan

pero que conforman la vida.

 

Impulso

Impulso

He cometido un acto impulsivo. Parece una confesión, pero es una locura. A veces dejo pasar las oportunidades y luego me arrepiento. Y cuando no las dejo pasar también me arrepiento. Pero sigo adelante.

He ampliado mi compañía, mi manada. Él no sirve para nada, pero me enamoré de él cuando pensé que era ella. Luego no hubo marcha atrás... Se vino conmigo una noche de octubre, me lo regaló alguién que después de tenerle tres años no dudó un instante en desprenderse de él.

Volvía a casa cuando les vi pasear entre las luces de las farolas. Pensé que era una hembra, lo que andaba buscando, pero el coche seguía rodando. Continué unos metros hecha un lío. ¿Preguntar, dejar pasarlo para otro día? Y ahí llegó el impulso. Di la vuelta al coche y les busqué en las calles del pueblo. Bastaron diez minutos de conversación para que me lo diera. No era hembra, no era nadie y no le querían...

Ahora me mira, tan cariñoso como si se hubiese criado conmigo desde cachorro. Eso es lo que tienen los perros que han llevado una mala vida. Cuando reciben un poco, sólo un poquito de amor, te devuelven todo el que tienen, que es mucho.

Os presento a Patxi 2

A la niña muerta

A la niña muerta

Si cree en Dios, a Él se encamina.

Si no, regresa a la tierra que tanto amó.

Hay muertes suficientes

para que cada uno encuentre la suya.

Hay tantas formas de morir

como hombres diferentes.

No existe muerte injusta, prematura o inmerecida,

Sólo hay una muerte al final de la vida.

La vida se escurre en nuestras manos,

pero no sabemos su caudal.

El poeta

El poeta

Desde la playa abandonada mi bate preferido ha escrito un hermoso poema sobre Lisboa. Más hermos, más críptico.

Lisboa es un sueño para mí, una realidad para él. Le debo una visita más lenta. Pero no se me olvidará Estoril. El amanecer frente a su mar...

Me enamoré del Atlántico en Portonovo y confirmé ese amor en el pequeño paseo marítimo de Estoril.

 

Escrituras

Escrituras

Una tarde cualquiera de verano voy al parque de mi ciudad adoptiva.

Me siento en un banco y miro a mi alrededor. Un muchacho escribe poesía en la plazuela. Me produce una cierta ternura, un punto de instinto maternal. Es tan delicado, con sus cabellos rizados y rubios, con su juventud... ¿Qué hay en su cuaderno? Me quedo con ganas de verlo.

Un poco más allá una joven madre, con dos niños jugando a sus pies en la arena, escribe en una libreta.  No es frecuente ver una imágen así. ¿Qué hay en su cuaderno? Me quedo con ganas de saberlo.

Yo, sentada frente a ellos, escribo en mi cuaderno. Recogo las impresiones que me producen, mientras el tiempo desgrana sus minutos lentos. ¿Qué escribo en mi cuaderno? Me quedo con las ganas de releerlo.

 

Fuegos en el cielo

Fuegos en el cielo

Fue el 4 de enero de 2004. Regresaba a casa de noche cuando una bola de fuego como jamás había visto antes, atravesó el cielo ante mis ojos. Quedé asustada, asombrada, impresionada. Esperé y busqué noticias en la prensa y en la radio los días siguientes, pero no llegó nada.

Guardé el recuerdo y seguí viviendo.

Después he encontrado esta información www.infoastro.com/200401/07bolido.html , pero yo la ví de noche, no de día.

Sea como fuera, para mí fue algo único.

Sueños

Sueños

Cae el sueño

sobre los párpados cansados

y la madrugada ve partir al viajero.

Tal como llegó se fue,

con la brisa de la noche

y el silencio de las estrellas.

 Imágen "El mandala de los sueños" Clauido Gallina, México, 2004

Urko

Urko

Llueve suavemente. Es un buen día para presentaros a Urko. Estaba en la casa y aquí se quedó. Es un mestizo de mirada tierna y triste. Si tiene algo de especial es la alegría con que me recibe cuando vuelvo despues de horas de ausencia. Ha generado un lenguaje de gruñidos y arrrrffffs arrrrrrffffffs con el que me dice lo que quiero oir: ¡Ya has vuelto, tardona! Y me abraza puesto en pie por la cintura. No me suelta hasta que el rito de la bienvenida ha terminado.

Tiene otra especial propiedad: detecta mi estado de ánimo nada más mirarme. Y si el día empieza tristón y depre, sus ojos no se apratan de mí. Hay tristeza y compresión en ellos. Me sigue con la mirada y se sienta a mis pies en cuanto me siento. No me pide jugar, sólo me mira y espera a que le acaricie. Termino por sonreirle y sus ojitos cambian y me hace cambiar los míos.

No es bello por fuera, al igual que Platero, pero por dentro su corazoncito parece de oro, como el del principe feliz. Mi feo y adorable Urko.

Lisboa

Lisboa

Lisboa, tan hermosa de tu mano,

desconocida aún a la luz del día.

Lisboa se abre al azul ultramar,

con sus viejas cuestas alejándose

del Tajo tan cercano, tan real.

Aquí, a kilómetros del mar, Lisboa,

tan deseada en el azul

del olivo recién podado.

En la noche soñada años atrás,

bajo el olivar, ventanas que se abren

sobre el puente del futuro

 Te sueño cabalgando en el viejo tranvía,

hermano de aquel otro,

minúsculo tren de Cuidad Lineal.

Y una mano sobre otra,

imaginarios de lo posible.

Esperando al poeta

Esperando al poeta

Espero impaciente la visita de Rafael. Le he buscado entre los mares procelosos, los acantilados abruptos y las dunas de la costa. Y lo encontré en su playa, sereno, con el corazón rebosante de amor que sigue destilando en palabras de amor, palabras.

Busco entre todas

las miradas la tuya,

perdida entre la lluvia

que moja mis recuerdos...