Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2007.
Resumen
- 03/11/2007 11:09 - Cuento
- 03/11/2007 11:19 - Frodo
- 09/11/2007 09:53 - Amanecer
- 12/11/2007 09:34 - Descanso
- 14/11/2007 08:09 - El jardín japonés
- 20/11/2007 11:49 - Poema de otoño
- 21/11/2007 19:26 - Menta
- 21/11/2007 20:01 - Incoherencias
- 24/11/2007 08:57 - Epitafio al amor
- 27/11/2007 13:06 - Una más del cinturón
03/11/2007
Cuento

EL VENDEDOR DE TIEMPO
Hay en mi ciudad un curioso personaje. Es un hombre de mediana edad del que casi nadie sabe nada, Pero tiene un don especial y es su capacidad de escuchar. En las tardes suaves de otoño o en las cálidas y luminosas de primavera suele sentarse en un banco del parque. Siempre elige el mismo, el que está cerca de la fuente, bajo el sauce. La gente, cuando le conoce acuden a él. Pasean disimuladamente, esperando que el banco se quede vacío, a que termine el que está sentado al lado del oidor. Entonces se sienta a su lado. Es una regla no escrita entre la gente que lo conoce, todos deben esperar su turno, sin dejarse ver para no poner nervioso al que está utilizando el banco y su particular personaje. Es una zona reservada para las intimidades. Yo, que me enteré por casualidad de aquella costumbre, comencé a frecuentar el parque, aquella fuente, aquel sauce. No solía estar por las mañanas y era entonces cuando yo me sentaba en el banco, intentando coger el valor necesario para regresar por la tarde y descubrir, por mi misma, la esencia de aquel hombre.
Por fin, un día, tuve el valor suficiente y lo hice. Pasé varias veces delante del banco en el que estaban sentados nuestro oidor y un chico joven, apenas un niño aún. El muchacho reía, gesticulaba, miraba al hombre de vez en cuando, se le veía feliz. Por fin se marchó. Como no había nadie cerca decidí probar suerte. Me senté a su lado y le saludé: "Buenas tardes". El hombre me miró y comprendió que era la primera vez que estaba allí y me contestó "Buenas tardes, por favor, la próxima vez no espere que le conteste". "Quisiera saber que es eso tan maravilloso que hace usted". El hombre no me contestó. Yo, extrañada, le miré intensamente, esperando su respuesta, pero no llegó. Ya me habían dicho que era muy raro, pero no pesé que llegara a tanto. Después de hacerle varias preguntas, casi retóricas, desistí de esperar ninguna respuesta. Le dije, dando por terminada mi estancia en el banco: "Me alegro de haberle conocido. Si alguna vez necesito de usted, vendré a verle." El hombre me miró con una ligera sonrisa en los labios y me dijo: "Seguro que me necesitará y aquí estaré, para ayudarle."
Pasó el tiempo y yo seguí hablando con la gente que le frecuentaba. Solo descubrí que el hombre simplemente escuchaba a los demás. Jamás daba su opinión sobre nada, apenas intercambiaba unas frases de saludo la primera vez. Tampoco contestaba a ninguna pregunta, retórica o no.
Mi vida transcurría tranquila hasta que un acontecimiento la trastocó completamente, dejándome en un estado de estupor y asombro del que no podía salir. Al cabo de unas semanas de encierro voluntario pude salir a la calle y, con las pocas fuerzas que tenía en esos momentos, me acerque al parque y al banco. Era una mañana de otoño, triste y amenazante de lluvia. Tenía la esperanza de encontrarle allí, pero tuve que esperar, sentada en el frío banco hasta la tarde. Ni siquiera tenía ánimos para ir a comer al bar más cercano. Cuando daban las cuatro en una torre cercana, el hombre apareció, paseando tranquilamente, y se sentó junto a mi. Nada más hacerlo le dije "Buenos días. Ya sé que usted no me va a contestar, pero quisiera hablar un rato con alguien." El hombre no se inmutó y yo continué hablando. Hablé tanto que la noche, ya prematura, nos fue envolviendo lentamente. Cuando apenas quedaba luz en el parque y las farolas llevaban un rato encendidas, le pedí disculpas por haberle retenido allí durante tanto tiempo y me marché. Comprendí, entonces su utilidad. Las alegrías y las tristezas, los deseos, las fortunas, los desastres, todas las miserias y grandezas del hombre solo necesitan de un poco de tiempo y un oído amigo para dejar de ser tan importantes, tan dolorosos, tan efímeras. Aquel hombre lo escuchaba todo. No juzgaba, no preguntaba, simplemente absorbía aquello que se le decía, atentamente, con respeto. Durante una larga temporada continué yendo al parque, hasta que, poco a poco, tomé de nuevo el pulso de mi vida. Me fui serenando y las visitas al banco se hicieron más placenteras. Por último yo misma me senté en un banco, una mañana de principos de primavera. La primera persona que se sentó a mi lado me dijo: "Buenos días, ¿puedo hablar con usted?" "Si, le contesté, pero la próxima vez que venga, no espere que le conteste."
Ahora, en mi ciudad hay un hombre en un banco y una mujer en otro, en el mismo parque, cerca de la fuente, bajo un sauce, cuya única finalidad, en los largos días de verano o en los fríos y cortos del invierno es la de escuchar. La gente nos conoce y viene a nosotros solo con su palabra. Los dos las recogemos y las guardamos en nuestra memoria, alejandoles de sus miedos y temores, fomentando sus alegrías, dando un poco de tiempo a quien no lo tiene. Así sucede en mi ciudad.
Frodo

Comienza a helar por las mañanas, heladas que inutilizan las tomas de agua de mi jardín. Los perros ya no duermen fuera, sino dentro del garaje.
Y hoy quiero presetaros a Frodo. Es mi perro mimado. Fue el primer perro de la segunda época de mi vida. Es grande, bellísimo, un pedazo de pan. Cuando paseo con él por la ciudad, la gente tiene reacciones varias: le miran con admiración, susurran "que grande, que bonito..." Los niños suelen exclamar "¡mamá, un Rex!". (Rex es un pastro aleman de una serie de policias austriaca. ) Pero también veo miedo y recelo, personas que se apartan o que directamente se asustan de él. Su tamaño impone y la fama, buena normalmente, de estos perros, hace el resto en las personas que, por lo general, han tendio una mala experiencia con algún perro en algún momento de su vida. Otro día hablaré de eso, de miedos infantiles que no se corrigen a tiempo y permanecen de adultos de la forma más irracional.
09/11/2007
Amanecer
Esta mañana, durante unos minutos, el cielo estaba rojo. Pareciera que se había indenciado con la fuerza de un sol mortecino. Y estaba acorde con mi ánimo. Hay días en que parece que es imposible seguir adelante. Una montaña de problemas estúpidos se levanta en tu cabeza. Y hay que hacer un ejercicio de relajación. Y despejando las incognitas, seleccionado el grado, haciendo un listado de prioridades.
Luego se tira de teléfono, de consultas, de consejos y parece que se aclara un poco el panorama. No se ha arreglado nada, pero has encarrilado los temas. Y decides dejarlo todo listo para la semana siguiente. Ahora sólo voy a pensar en el viaje que he programado con tanta ilusión. Y tener dos días en los que una nube de olvido y un sol radiente, como una droga fuerte, me hagan vivir el presente, sin más. Luego, al regreso, armarme de paciencia y retomar las pólizas, el vuelva usted mañana, el en tres días lo tendrá.... Cuando regrese miraré las fotos que quiero hacer y os regalaré una. Sobre mi escritorio se quedan los anexos que debo rellenar, los impresos que debo sellar, el absurdo que no queda más remedio que realizar. Pero hasta el lunes, desde ahora mismo, voy a separarme en dos y dejar una aquí. Me llevo a la otra de paseo. ¡Que tengaís un buen fin de semana!
12/11/2007
Descanso

Despues de dos años he vuelto a las Tablas de Daimiel. Seguían prácticamente secas. Mantienen unas zonas innundadas para los pocos animales que se dejan ver al atrardecer.
Llegué a media tarde, cuando el sol comienza su descenso. Los turistas regresaban de sus rutas y yo la comenzaba. ¡Siempre a contracorriente! Paseé lentamente sobre las viejas maderas y miré las aguas estancadas, los lodazales y los infinitos carrizales. Cuando ya se ponía el sol los pájaros, los patos y las personas comenzamos a recogernos. Una algarabía de voces, de cantos, un ruido de hojas secas aplastadas bajo las patas delicadas de los que hacían su cama para pasar la noche entre los carrizos y los juncos. Sobre el cielo rojizo unos grupos de garzas negras regresaban, con sus flechas de vuelo, sombras negras estilizadas y coreográficas en el cielo. Fue una sensación de paz, de felicidad. Las aves planeaban sobre mi cabeza, muy por encima, haciendo circulos amplios, hasta que se alejaban para descender a sus zonas de descanso.
Conseguí la paz interna que necesitaba, como las Tablas necesitan lluvias intensas para recuperase... Ojala llueva mucho este otoño, para que la primavera vuelva a traernos un manto de agua y vida.
14/11/2007
El jardín japonés

Él la contemplaba tumbada en el sofá. Al cabo de una eternidad la llamó suavemente, pero ella no respondió. Tenía los ojos semicerrados y decidió ir a buscarla. Se lanzó al interior de sus ojos, como quien se lanza al mar en un día tranquilo. La buscó entre las arenas de solitarias playas, atravesó océanos, subió altas montañas y recorrió desfiladeros serpenteantes. Siguió sus pasos por ciudades vacías y oscuras y por pueblecitos bulliciosos y coloridos. Por fin la descubrió, acurrucada bajo un cerezo en flor, cubierta de pétalos rosas, en un luminoso valle japonés. La contempló largamente y regresó por el mismo camino, sin hacer ningún ruido. La tapó con una manta de color azul cielo y pasó largas horas velando su sueño, hasta que ella regresó. En su pelo tenía pétalos rosados, en sus ojos se veía el brillo del sol poniente y en su boca, el sabor del aire puro. Todas las tardes la contemplaba tumbada en el sofá y sentía un inmenso amor. Él no sabía desprenderse de la realidad. Por eso la amaba tanto, por eso la necesitaba tanto. Por eso quería entrar en sus ojos cuando dormía y marchar en su busca a lugares imposibles.
20/11/2007
Poema de otoño

HUMO
Humo, humo, alto, ancho, vacío,
volutas de nada llena de vida transmutada.
El aire es su esencia, su ser,
la materia su llama, el olvido su futuro.
21/11/2007
Menta
Desde que tengo recuerdos, los perros han sido mi obsesión. He tenido varios a lo largo de los años, no sin serias dificultades. Unos murieron, otros tuve que dejarlos y ahora puedo tener los que quiera. Puedo pasar por rara, por la "loca de los perros" para algunos. Pero soy muy consciente de que un perro se debe tener como un hijo, con todas las consecuencias. Gastos de comida, de veterinario, tiempo para cuidarle y un largo etcetera. A mí me compensa. Es como el coleccionista de discos, de películas o de cajas de cerillas. Busca, compra, pierde tiempo, selecciona, disfruta con cada adquisición, lo expone ante los amigos...
Tal y como está el mundo, convivir con mis perros me da una tranquilidad que no encuentro en la ciudad, en los periódicos, en la televisión. En sus ojos está la paz. Pueden pelearse por mi cariño, pueden ser destrozonoes y brutotes o tranquilos y zalameros. Pero me enseñan a vivir el día a día. Nada esperan, de nada se arrepiienten, viven según su instinto y sus afectos. Por eso los quiero.
Incoherencias

En mi ciudad adoptiva va a producirse un desastre más.... bueno, dos:
Están colocando la iluminación de las calles con lucecitas de colores dispuestas de formas curiosas: arbolitos, campanas, lacitos, bolitas y no sé cuantas cursiladas más.
Mientras, me machacan con lo de ahorrar energía, el consumir de forma responsable, el calentameinto de la tierra y de la repera en verso.
El segundo desastre está unido al primero de forma muy curiosa. Van a innaugurar (¡Dios, que palabra!) un gran centro comercial (los hijos adoptivos de la pérfida Albión, herederos del señor Areces, para más señas) He recibido una carta en la que me invitan al "evento" oficialmente por que tengo una tarjetita de plástico desde hace muchos años, que me ha hecho esclava fiel de sus productos...
Es un edificio con un diseño futurista (ahora todo es diseño futurista) Un edificio que necesitará tener miles de luces encendidas la mayor parte del día y de la noche. Un edificio sin ventanas, todo lo contrario a un edificio sostenible (¡caramba, que todo se pega...!)
En invierno calefacción a tope, en verano aire acondicionado al máximo. Eso es ahorro de energía, si señor. Economía, santa economía...
Y luego que yo ahorre, que apague luces, que aisle las paredes de mi casa, que recicle cristales, papeles y plásticos, que no derroche...
¡Ya está bien...!
Pues eso, que comienzan las fiestas del despilfarro. La proxíma vez que reciba un mensaje de esos de apagar la luz de mi casa 5 minutos a eso de las ocho de la tarde, lanzaré una sonora pedorreta... La oiréis, lo prometo.
La imagen, junto con un comentario muy sabroso de los gastos de luz en Madrid, la encontraréis en www.20minutos,es
24/11/2007
Epitafio al amor
TE PERDÍEl abandono me encontró
durmiendo entre las sábanas
una mañana de otoño
cuando al mirarte ya no estabas.
¿Dónde fuiste a parar,
amor dormido en el alma?
¿En qué corazón reposas ahora?
¿Quién te quiere más que yo?
Te perdí sin saber por qué,
igual que te conocí,
sin motivos ni promesas,
sin hacer ninguna pregunta.
Pero el dolor es tan intenso,
la soledad tan fría y dura,
el silencio largo y oscuro,
enorme y sola la tristeza.
¿Te encontraré algún día
escondido en cualquier mirada?
¿Resurgirás en las cenizas
de alguna hoguera apagada?
¿Dónde, amor, te escondes?
¿Cuál es ahora tu morada?
"Amor infinito" de ALfred Gookel
27/11/2007
Una más del cinturón

Ya. Por fin tengo a tiro de piedra la catedral del consumo. Bueno, más bien la capilla, que grandes las hay más grandes. Y no paran. Ayer me llevaron a verla. Lo digo por que yo, voluntariamente iré cuando necesite algo muy concreto. ¿Cómo no voy a necesitar algo de vez en cuando?
Pero ya me han dicho de alguien que en cuatro días que lleva abierto, ha ido cinco veces...
En fin, que cuando todo esto se acabe, dentro de algunos decenios, siglos o milenios, ya no tendré nada que decir.
Se acabó. Mi pequeña ciudad adoptiva ya está más cerca de Madrid. O Madrid está más lejos, por que ya no hará falta ir allí. Hasta hace unos años era una ciudad cómoda, habitable, hasta un poco provinciana. Y me gustaba. Pero está visto que tendré que emigrar a Soria, último reducto de la vieja España rural. ¿Tan malo es sostener el buen estilo, la clase, la calma...?
Esto me recurda la expansión del imperio romano. Uno tras otro iban devorando pueblos, ciudades, paises.... Ahora nos colonizan de otra forma. Tan insustancial y vacía que da miedo. Al menos ellos dejaron su idioma, su ingeniería, su arte copiado y sus leyes. Pero esta nueva y lenta invasión de centros comerciales, ¿qué nos deja?
Lo único bueno que he sacado es que hay salas de cine, un montón, entre las que han colado unas pequeñitas donde pondrán pelis de esas que solo se podían ver en los Princesa y los Renoir. ¡Eso me gusta! De hecho ya le he echado el ojo a una para ir el sábado. ¡Que Dios me ampare! Como cumplan mis espectativas me voy a arruinar en cine. Tango tantas pelis "raritas" pendientes de ver...

